La primera película digital de David Lynch da un uso visionario al medio para tejer una vasta meditación sobre los enigmas del tiempo, la identidad, y el mismo cine. Con una actuación magistral por parte de Laura Dern, que interpreta una actriz al límite, esta laberíntica y pesadillezca fabrica de sueños cae en un sinfín de indescifrables obsesiones interconectadas mientras que lleva al espectador a una alucinante odisea hacia los umbrales más profundos del inconsciente humano. En lo que se considera ya una cinta emblemática del cine digital, el mítico realizador David Lynch potencia sus conocidas búsquedas narrativas hacia territorios de mayor radicalidad formal y más honda profundidad emocional a través de la adopción de la imagen “pobre”, de baja resolución, que comúnmente se considera limitada y amateur. La lógica asociativa de lo que sería su último largometraje para cine, en palabras del crítico Dennis Lim, es aquella del hipervínculo, y su exploración de las texturas y las opacidades del píxel se corresponde con justeza con su ominoso relato de una perturbada actriz de Hollywood.